El abuelo tirado en la autopista era el dueño general del transporte

Publicado por CONEJO TRABAJADOR el

Bienvenidos a todos los que siguen la historia desde Facebook. Prepárense para ver cómo el abuso de poder le costó muy caro a este cobrador insensible.

Un dolor ignorado por la avaricia

El humo negro del tubo de escape cubría la entrada de la guagua. El anciano, sin un solo vello en el rostro y con las piernas temblando por la edad, necesitaba sentarse urgentemente. Sus ojos descubiertos y llenos de lágrimas suplicaban piedad. El joven cobrador de 26 años, sintiéndose el jefe supremo de la puerta, lo frenó en seco. Diez pesos dominicanos faltaban en el pasaje, una cantidad insignificante, pero suficiente para despertar la maldad del joven.

El empujón hacia la tierra

El dolor del anciano no conmovió al trabajador. En lugar de ayudarlo a subir, usó la violencia física para sacarlo de su camino y no retrasar su ruta.

«El pasaje son cincuenta pesos, viejo. Si te faltan diez pesos, aquí no te montas, esto no es un carro público.»

«Líder, ayúdeme por Dios. Vengo caminando desde el mercado, tengo las rodillas desbaratadas y no me queda ni un chele más.»

«¡A mí qué me importan tus rodillas! Arranca a caminar para tu campo y no me atrases la ruta.»

La chapa dorada del sindicato

El anciano, tosiendo por el polvo de la calle, se puso de pie lentamente. Su rostro triste cambió drásticamente a una expresión de poder y frialdad aterradora. Metió la mano en su saco de henequén y sacó una pesada chapa dorada. Él no era un campesino perdido; era el dueño mayoritario y presidente de todo el sindicato de guaguas.

En ese mismo instante, el anciano detuvo la guagua por completo, bajó a todos los pasajeros y despidió al cobrador y al chofer en medio de la autopista. Les quitó las llaves del vehículo y los dejó abandonados bajo el sol ardiente, vetándolos de por vida de trabajar en cualquier ruta del país.

El poder que te da un simple puesto de trabajo no es excusa para maltratar al prójimo. Por diez pesos perdiste tu sustento. Tratar con humanidad a los ancianos es una obligación moral, porque la juventud se acaba rápido, y algún día, serás tú quien necesite que le abran la puerta.


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